Cuando salieron del local de la Peruvian Amazon Company Roger acompaсу a sus colegas hasta la casi ta donde los habнan hospedado. En vez de regresar directamente a casa del cуnsul britбnico, dio un paseo por Iquitos, sin rumbo. Siempre le habнa gustado caminar, solo o en compaснa de algъn amigo, al empezar y al terminar el dнa. Podнa hacerlo horas, pero en las calles sin asfaltar de Iquitos tropezaba a menudo en huecos y charcos lle nos de agua, donde croaban las ranas. El bullicio era enorme. Bares, restaurantes, burdeles, salones de baile y garitos de apuestas estaban llenos de gente, bebiendo, comiendo, bailando o discutiendo. Y, en todas las puertas, racimos de chiquillos semidesnudos, espiando. Vio desaparecer en el horizonte los ъltimos arreboles del crepъsculo e hizo el resto de la caminata a oscuras, por calles iluminadas a trechos por las lбmparas de los bares. Se dio cuenta que habнa llegado a ese canchуn cuadrangular que tenнa el pomposo nombre de Plaza de Armas. Dio una vuelta alrededor y de pronto sintiу que alguien, sentado en una banca, lo saludaba en portuguйs: «
—Cuando no llueve, es agradable salir a ver las estrellas y a respirar un poco de aire fresco —dijo el agustino, en portuguйs—. Siempre que uno se tape los oнdos, para no oнr ese ruido infernal. Ya le habrбn contado de esta casa de hierro que se comprу un cauchero medio loco en Europa); que estбn armando en esa esquina. Se exhibiу en Parнs, en la Gran Exposiciуn de 1889, parece. Dicen que serб un club social. їSe imagina ese horno, una casa de metal en el clima de Iquitos? Por ahora es una cueva de murciйlagos. Duermen ahн decenas de ellos, colgados de una pata.
Roger Casement le dijo que hablara en espaсol, que йl lo entendнa. Pero el padre Urrutia, que habнa pasa do mбs de diez aсos de su vida entre los agustinos de Cearб, en Brasil, prefiriу seguir hablando en portuguйs. Llevaba menos de un aсo en la Amazonia peruana.
—Ya sй que usted no ha estado nunca en las Gaucherнas del seсor Arana. Pero, sin duda, sabe mucho de lo que ocurre allб. їPuedo pedirle su opiniуn? їPueden ser ciertas esas acusaciones de Saldaсa Roca, de Walter Hardenburg?
El sacerdote suspirу.
—Pueden serlo, por desgracia, seсor Casement —murmurу—. Aquн estamos muy lejos del Putumayo. Mil, mil doscientos kilуmetros lo menos. Si, a pesar de estar en una ciudad con autoridades, prefecto, jueces, militares, policнas, ocurren las cosas que sabemos, їquй no sucederб allб donde sуlo existen los empleados de la Compaснa?
Volviу a suspirar, ahora con angustia.
—Aquн, el gran problema es la compra y venta de niсas indнgenas —dijo, con la voz lastimada—. Por mбs que nos afanamos tratando de encontrarle una soluciуn, no damos con ella.
«El Congo, otra vez. El Congo, por todas partes».
—Usted ha oнdo hablar de las famosas «correrнas» —aсadiу el agustino—. Esos asaltos a las aldeas indнgenas para capturar recolectores. Los asaltantes no sуlo se roban a los hombres. Tambiйn a los niсos y a las niсas. Para venderlos aquн. A veces los llevan hasta Manaos, donde, al parecer, obtienen mejor precio. En Iquitos, una familia compra una sirvientita por veinte o treinta soles a lo mбs. Todas tienen una, dos, cinco sirvientitas. Esclavas, en realidad. Trabajando dнa y noche, durmiendo con los animales, recibiendo palizas por cualquier motivo, ademбs, claro, de servir para la iniciaciуn sexual de los hijos de la familia.
Volviу a suspirar;; quedу jadeando.
—їNo se puede hacer nada con las autoridades?
—Se podrнa, en principio —dijo el padre Urrutia—. La esclavitud estб abolida en el Perъ hace mбs de medio siglo. Se podrнa recurrir a la policнa y a los jueces. Pero todos ellos tienen tambiйn sus sirvientitas compradas. Ademбs, quй harнan las autoridades con las niсas que res caten. Quedarse con ellas o venderlas, por supuesto. Y no siempre a las familias. A veces, a los prostнbulos, para lo que usted se imagina.
—їNo hay manera de que vuelvan a sus tribus?
—Las tribus de por acб ya casi no existen. Los padres fueron secuestrados y arreados a las caucherнas. No hay dуnde llevarlas. їPara quй rescatar a esas pobres criaturas? En esas condiciones, tal vez el mal menor es que sigan en las familias. Algunos las tratan bien, se encariсan con ellas. їLe parece monstruoso?
—Monstruoso —repitiу Roger Casement.
—A mн, a nosotros, tambiйn nos lo parece —dijo el padre Urrutia—. Nos pasamos horas en la misiуn, devanбndonos los sesos. їQuй soluciуn darle? No la encontramos. Hemos hecho una gestiуn, en Roma, a ver si pueden venir unas monjas y abrir aquн una escuelita para esas niсas. Que por lo menos reciban alguna instrucciуn. їPero, aceptarбn las familias enviarlas a la escuela? Muy pocas, en todo caso. Las consideran animalitos.