Volviу a suspirar. Habнa hablado con tanta amar gura que Roger, contagiado por la pesadumbre del religioso, sintiу ganas de regresar a casa del cуnsul britбnico. Se puso de pie.
—Usted puede hacer algo, seсor Casement —le dijo el padre Urrutia, a manera de despedida, estrechбndole la mano—. Es una especie de milagro lo que ha pasado. Quiero decir, esas denuncias, el escбndalo en Europa. La llegada de esta Comisiуn a Loreto. Si alguien puede ayudar a esa pobre gente, son ustedes. Rezarй para que vuelvan sanos y salvos del Putumayo.
Roger regresу caminando muy despacio, sin mirar lo que ocurrнa en los bares y prostнbulos de donde salнan las voces, los cantos, el rasgueo de las guitarras. Pensaba en esos niсos arrancados de sus tribus, separados de sus familias, enfardelados en la sentina de una lancha, traнdos a Iquitos, vendidos en veinte o treinta soles a una familia donde pasarнan su vida barriendo, fregando, cocinando, limpiando excusados, lavando ropa sucia, insultados, golpeados y a veces estuprados por el patrуn o los hijos del patrуn. La historia de siempre. La historia de nunca acabar.
IX
Cuando la puerta de la celda se abriу y vio en el umbral la gruesa silueta del
—їSiempre quiere una ducha? —preguntу la voz frнa y lenta del
—Esto va contra el reglamento —murmurу el
—Se lo agradezco —dijo Roger, levantбndose. їQuй mosca le habнa picado al
Le pareciу que la sangre de sus venas, detenida al ver asomar al carcelero en la puerta de su celda, volvнa a circular por su cuerpo. Saliу al largo y chamuscado pasillo y siguiу al obeso carcelero al baсo, un recinto oscuro, con excusados desportillados en fila junto a una pared, una hilera de duchas en la pared opuesta y unos recipientes de cemento sin enlucir con unos caсos oxidados que vertнan el agua. El
—No sabe lo agradecido que le estoy por este baсo,
El carcelero le respondiу con un ininteligible murmullo.
Al volver a tenderse en su camastro, Roger intentу retomar la lectura de la