Pensу en el capitбn Robert Monteith, su asistente y amigo los ъltimos seis meses que pasу en Alemania. ЎHombre magnнfico! Leal, eficiente y heroico. Fue su compaсero de viaje y de pellejerнas en el submarino alemбn U-19 que los trajo, junto con el sargento Daniel Juliбn Bailey, alias Juliбn Beverly, hasta la costa de Tralee, en Irlanda, donde los tres estuvieron a punto de morir ahogados por no saber remar. ЎPor no saber remar! Asн era: pequeсas tonterнas podнan mezclarse con los grandes asuntos y desbaratarlos. Recordу el amanecer grisбceo, lluvioso, de mar encrespado y espesa neblina del Viernes Santo 21 de abril de 1916, y a ellos tres, en el movedizo bote con tres remos en que los habнa dejado el submarino alemбn antes de desaparecer en medio de la bruma. «Buena suerte» les gritу el capitбn Raimund Weissbach a manera de despedida. Tuvo de nuevo la horrible sensaciуn de impotencia, tratando de sujetar ese bote encabritado por las olas y los tumbos, y la incapacidad de los improvisados remeros para enderezarlo en direcciуn a la costa, que ninguno sabнa dуnde estaba. La embarcaciуn giraba, subнa, bajaba, saltaba, trazaba cнrculos de radio variable, y, como ninguno de los tres conseguнa capearlas, las olas, que golpeaban al bote de costado, lo zarandeaban de tal modo que en cualquier momento lo volcarнan. En efecto, lo volcaron. Durante unos minutos los tres estuvieron a punto de ahogarse. Chapoteaban, tragaban agua salada, hasta que consiguieron en derezar el bote y, ayudбndose, encaramarse de nuevo en йl. Roger recordу al valeroso Monteith, con su mano infectada por el accidente que tuvo en Alemania, en el puerto de Heligoland, tratando de aprender a conducir una lancha a motor. Atracaron allн para cambiar de submarino porque el U-2 en el que embarcaron en Wilhelmshaven tuvo un desperfecto. Aquella herida lo habнa atormentado toda la semana de viaje entre Heligoland y Tralee Bay. Roger, que hizo la travesнa con atroces mareos y vуmitos, sin casi probar bocado ni levantarse de la estrecha litera, recordaba la estoica paciencia de Monteith con la hinchazуn de su herida. Los desinflamantes que le pusieron los marineros alemanes del U-19 no sirvieron de nada. Su mano siguiу supurando y el capitбn Weissbach, comandante del U-19, predijo que si, al desembarcar, no lo curaban de inmediato, aquella herida se gangrenarнa.
La ъltima vez que vio al capitбn Robert Monteith fue en las ruinas del McKenna's Fort, ese mismo amanecer del 21 de abril, cuando sus dos compaсeros decidieron que Roger se quedara escondido allн, mientras ellos iban andando a pedir ayuda a los Voluntarios de Tralee. Lo decidieron porque era йl quien corrнa el mayor riesgo de ser reconocido por los soldados —la presa mбs codiciada para los perros de guardia del Imperio— y porque Roger ya no resistнa mбs. Enfermo y debilitado, habнa caнdo al suelo dos veces, exhausto, y la segunda vez permaneciу varios minutos sin sentido. Sus amigos lo dejaron entre las ruinas del Fuerte McKenna con un revуlver y una bolsita de ropa, luego de estrecharle las manos. Roger recordу cуmo, al ver a las alondras revoloteando a su alrededor y oнr su canto y descubrir que estaba rodeado de violetas salvajes que brotaban entre los arenales de Tralee Bay, pensу que habнa llegado a Irlanda por fin. Los ojos se le llenaron de lбgrimas. El capitбn Monteith, al partir, le hizo el saludo militar. Pequeсo, fortachуn, бgil, incansable, patriota irlandйs hasta el tuйtano de sus huesos, en los seis meses que habнan convivido en Alemania Roger no le oyу una queja ni advirtiу el menor sнntoma de desfallecimiento en su adjunto, pese a los fracasos que habнa tenido en el campo de Limburg por la resistencia —cuando no la abierta hostilidad— de los prisioneros a inscribirse en la Brigada Irlandesa que Roger quiso formar para luchar junto a Alemania («pero no a las уrdenes de йsta») por la independencia de Irlanda.