Sintiу que su corazуn latнa con fuerza, como cada vez que recordaba aquellos dнas helados, con tormentas y remolinos de nieve, cuando, por fin, despuйs de tantas gestiones, consiguiу dirigirse a los 2.200 prisioneros irlandeses en el campo de Limburg. Les explicу con cuidado, repitiendo un discurso ensayado en su cabeza a lo largo de meses, que no se trataba de «pasarse al bando enemigo» ni muchнsimo menos. La Brigada Irlandesa no formarнa parte del Ejйrcito alemбn. Serнa un cuerpo militar independiente, con sus propios oficiales, y combatirнa por la independencia de Irlanda contra su colonizador y opresor, «junto a, pero no dentro de», las Fuerzas Armadas alemanas. Lo que mбs le dolнa, un бcido que corroнa sin descanso su espнritu, no era que de 2.200 prisioneros sуlo cincuenta y pico se hubieran inscrito en la Brigada. Era la hostilidad que habнa merecido su propuesta, los gritos y murmullos donde nнtidamente detectу las palabras «traidor», «amarillo», «vendido», «cucaracha», con que muchos prisioneros le mostraron su desprecio, y, finalmente, los escupitajos e intentos de agresiуn de que fue vнctima la tercera vez que intentу hablarles. (Intentу, porque sуlo pudo pronunciar las primeras frases antes de ser callado por la silbatina y los insultos). Y la humillaciуn que sintiу al ser rescatado de una posible agresiуn, acaso un linchamiento, por los sol dados alemanes de la escolta, que lo sacaron corriendo del lugar.

Habнa sido un iluso y un ingenuo pensando que los prisioneros irlandeses se alistarнan en esa Brigada equipada, vestida —aunque el uniforme lo hubiera diseсado el propio Roger Casement—, alimentada y asesorada por el Ejйrcito alemбn contra el que acababan de pelear, que los habнa gaseado en las trincheras de Bйlgica, que habнa matado, mutilado y herido a tantos de sus compaсeros, y que los tenнa a ellos ahora entre alambradas. Habнa que entender las circunstancias, ser flexible, recordar lo que habнan sufrido y perdido esos prisioneros irlandeses, y no guardarles rencor. Pero aquel choque brutal con una realidad que no esperaba fue muy duro para Roger Casement. Re percutiу en su cuerpo al mismo tiempo que en su espнritu pues, de inmediato, le comenzaron las fiebres que lo tu vieron tanto tiempo en cama, casi desahuciado.

En esos meses, la lealtad y el afecto solнcitos del capitбn Robert Monteith fueron un bбlsamo sin el cual probablemente no hubiera sobrevivido. Sin que las dificultades y frustraciones que encontraban por doquier hicieran mella —por lo menos visible— en su convicciуn de que la Brigada Irlandesa concebida por Roger Casement terminarнa por ser una realidad y reclutarнa en sus filas a la mayorнa de los prisioneros irlandeses, el capitбn Monteith se entregу con entusiasmo a dirigir el entrenamiento del medio centenar de voluntarios a los que el Gobierno alemбn cediу un pequeсo campo, en Zossen, cerca de Berlнn. Y consiguiу incluso reclutar a algunos mбs. Todos llevaban el uniforme de la Brigada concebido por Roger, incluido Monteith. Vivнan en tiendas de campaсa, hacнan marchas, maniobras y ejercicios de tiro con fusil y pistola, pero con balas de fogueo. La disciplina era estricta y, ademбs de los ejercicios, prбcticas militares y deportes, Monteith insistiу para que Roger Casement diera continuamente charlas a los brigadistas sobre historia de Irlanda, su cultura, su idiosincrasia y las perspectivas que se abrirнan para Eire alcanzada su independencia.

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