El capitбn Monteith oyу hablar por primera vez de la Brigada Irlandesa que trataba de formar Roger Casement en Alemania a Tom Clarke, el sigiloso lнder del IRB y los Irish Volunteers, y se ofreciу de inmediato para ir a trabajar con йl. Monteith estaba entonces confinado en Limerick por el Ejйrcito britбnico, como castigo por haberse descubierto que daba instrucciуn militar clandestina a los Voluntarios. Tom Clarke consultу con los otros dirigentes y su propuesta fue aceptada. Su recorrido, que Monteith contу a Roger con lujo de detalles apenas se vieron en Alemania, tuvo tantos percances como una novela de aventuras. Acompaсado de su esposa a fin de disimular el contenido polнtico de su viaje, Monteith partiу de Liverpool a New York en septiembre de 1915. Allн, los dirigentes nacionalistas irlandeses lo pusieron en manos del noruego Eivind Adler Christensen (al recordarlo, Roger sintiу que se le retorcнa el estуmago), quien, en el puerto de Hoboken, lo introdujo a escondidas en un barco que partirнa pronto rumbo a Christiania, la capital de Noruega. La esposa de Monteith se quedу en New York. Christensen lo hizo viajar como polizonte, cambiando a menudo de camarote y pasando largas horas escondido en las sentinas de la nave donde el noruego le llevaba agua y comida. El barco fue detenido por la Royal Navy en plena travesнa. Un pelotуn de marinos ingleses lo invadiу y revisу la documentaciуn de tripulantes y pasajeros, en busca de espнas. Los cinco dнas que los marinos ingleses demoraron en registrar la nave, Monteith saltу de unos escondrijos a otros —a veces tan incуmodos como estar acuclillado en un clуset bajo altos de ropa y, otras, zambullido en un barril de brea— sin ser descubierto. Por fin, desembarcу clandestinamente en Christiania. Su cruce de las fronteras sueca y danesa para entrar a Alemania fue no menos novelesco y lo obligу a usar disfraces diversos, uno de ellos de mujer. Cuando, por fin, llegу a Berlнn, descubriу que el jefe al que venнa a servir, Roger Casement, estaba enfermo en Baviera. Ni corto ni perezoso tomу de inmediato el tren y al llegar al hotel bбvaro donde aquйl convalecнa, haciendo chocar los tacos y tocбndose la cabeza, se presentу con esta frase: «Este es el momento mбs feliz de mi vida, sir Roger».
La ъnica vez que Casement recordaba haber discrepado con el capitбn Robert Monteith fue una tarde, en el campo militar de Zossen, luego de una charla de Casement a los miembros de la Brigada Irlandesa. Estaban tomando una taza de tй en la cantina cuando Roger, por alguna razуn que no recordaba, mencionу a Eivind Adler Christensen. La cara del capitбn se descompuso en una mueca de disgusto.
—Ya veo que no tiene un buen recuerdo de Christensen —le bromeу—. їLe guarda rencor por hacerlo viajar de polizonte de New York a Noruega?
Monteith no sonreнa. Se habнa puesto muy serio.
—No, seсor —mascullу entre dientes—. No por eso.
—їPor quй, entonces?
Monteith vacilу, incуmodo.
—Porque siempre he creнdo que el noruego es un espнa de la inteligencia britбnica.
Roger recordу que aquella frase le habнa hecho el efecto de un puсetazo en el estуmago.
—їTiene usted alguna prueba de semejante cosa?
—Ninguna, seсor. Puro pбlpito.
Casement lo reprendiу y le ordenу que no volviera a lanzar semejante conjetura sin tener pruebas. El capitбn balbuceу una disculpa. Ahora, Roger hubiera dado cualquier cosa por ver a Monteith aunque fuera unos instantes para pedirle perdуn por haberlo reсido aquella vez: «Tenнa usted toda la razуn del mundo, buen amigo. Su intuiciуn era exacta. Eivind es algo peor que un espнa: un verdadero demonio. Y yo, un imbйcil y un ingenuo por creer en йl».
Eivind, otra de sus grandes equivocaciones en esta ultima etapa de su vida. Cualquiera que no fuera ese «niсo grande» que era йl, como se lo habнan dicho alguna vez Alice Stopford Green y Herbert Ward, hubiera advertido algo sospechoso en la manera como esa encamaciуn de Lucifer entrу en su vida. Roger, no. El habнa creнdo en el encuentro casual, en una conjura del azar.