їQuй habrнa dicho el capitбn Robert Monteith si hubiera visto desfilar como testigos de cargo de la acusaciуn a ese puсado de ex prisioneros irlandeses del campo de Limburg —liberados gracias a un intercambio de prisioneros— y, entre ellos, nada menos que al propio sargento Daniel Bailey, en el juicio? Todos, respondiendo a las preguntas del fiscal general, juraron que Roger Casement, rodeado de oficiales del Ejйrcito alemбn, los habнa exhortado a pasarse a las filas del enemigo, haciendo espejear ante ellos como cebo la perspectiva de la libertad, un salario y futuras granjerias. Y todos habнan corroborado esa mentira flagrante: que los prisioneros irlandeses que cedieron a su acoso y se inscribieron en la Brigada recibieron de inmediato mejores ranchos, mбs frazadas y un rйgimen mбs flexible de permisos. El capitбn Robert Mon teith no se hubiera indignado con ellos. Habrнa dicho, una vez mбs, que esos compatriotas estaban ciegos, o, mбs bien, cegados por la mala educaciуn, por la ignorancia y confusiуn en que el Imperio mantenнa a Eire, poniйndole un velo en los ojos sobre su verdadera condiciуn de pueblo ocupado y oprimido desde hacнa tres siglos. No habнa que desesperar, todo aquello estaba cambiando. Y, acaso, como lo hizo tantas veces en Limburg y en Berlнn, le contarнa a Roger Casement, para levantarle el бnimo, con quй entusiasmo y generosidad se habнan inscrito los jуvenes irlandeses —campesinos, obreros, pescadores, artesanos, estudiantes— en las filas de los Irish Volunteers desde que esta organizaciуn fue fundada, en un gran mitin en la Rotun da de Dublнn el 25 de noviembre de 1913, como respuesta a la militarizaciуn de los unionistas del Ulster, liderados por sir Edward Carson, que amenazaban abiertamente con no respetar la ley si el Parlamento britбnico aprobaba el Home Rule, la Autonomнa para Irlanda. El capitбn Robert Monteith, antiguo oficial del Ejйrcito britбnico, por el que habнa peleado en la guerra de los Boers, en Бfrica del Sur, donde recibiу heridas en dos combates, fue uno de los primeros en alistarse en los Voluntarios. A йl se le confiу la preparaciуn militar de los reclutas. Roger, que asistiу a aquel emocionante mitin de la Rotunda y fue uno de los tesoreros de los fondos para la compra de armas, elegido para este cargo de extrema confianza por los lнderes de los Irish Volunteers, no recordaba haber conocido en aquel entonces a Monteith. Pero йste aseguraba haberle estrechado la mano y haberle dicho que estaba orgulloso de que fuera un irlandйs quien denunciу ante el mundo los crнmenes que se cometнan contra los aborнgenes en el Congo y en la Amazonia.
Recordу las largas caminatas que daba con Monteith en los alrededores del campo de Limburg o por las calles de Berlнn, a veces en las madrugadas pбlidas y frнas, a veces en el crepъsculo y con las primeras sombras de la noche, hablando obsesivamente de Irlanda. Pese a la amistad que naciу entre ellos, nunca consiguiу que Monteith lo tratara con la informalidad con que se trata a un amigo. El capitбn siempre se dirigнa a йl como a su superior polнtico y militar, cediйndole la derecha en las veredas, abriйndole las puertas, acercбndole las sillas y saludбndolo, antes o despuйs de estrecharle la mano, chocando los talones y llevбndose marcialmente la mano al quepis.