Un ruido metбlico lo sacу de ese sueсo placentero. Abriу los ojos. El carcelero habнa entrado y le alcanzу una escudilla con la sopa de sйmola y el pedazo de pan que era su cena de todas las noches. Estuvo a punto de preguntar le la hora, pero se contuvo porque sabнa que no le contestarнa. Deshizo el pan en pedacitos, los echу a la sopa y la tomу a espaciadas cucharadas. Habнa pasado otro dнa y tal vez el de maсana serнa el decisivo.
X
La vнspera de partir en el
Y, sin embargo, aquella noche, mientras йl y el cуnsul tomaban la acostumbrada copa de oporto en la salita de Mr. Stirs, oyendo repicar al aguacero en el techo de calamina y las trombas de agua golpeando los cristales y la baranda de la terraza, Roger abandonу la prudencia.
—їQuй opiniуn tiene usted del padre Ricardo Urrutia, Mr. Stirs?
—їEl superior de los agustinos? Lo he tratado poco. En general, buena. їUsted lo ha visto mucho estos dнas, no?
їAdivinaba el cуnsul que se adentraban en tierras movedizas? En sus ojitos saltones habнa un brillo inquieto. Su calva relucнa bajo los reflejos de la lбmpara de aceite que chisporroteaba en la mesita del centro de la habitaciуn. El abanico en la mano derecha habнa dejado de moverse.
—Bueno, el padre Urrutia lleva apenas un aсo aquн y no ha salido de Iquitos —dijo Casement—. De modo que, sobre 19 que ocurre en las caucherнas del Putumayo, no sabe gran cosa. En cambio, me ha hablado mu cho de otro drama humano en la ciudad.
El cуnsul paladeу un sorbo de oporto. Volviу a abanicarse y Roger tuvo la sensaciуn de que su cara redonda habнa enrojecido algo. Afuera, la tormenta rugнa con unos truenos largos, sordos y a veces un rayo encendнa un segundo la oscuridad del bosque.
—El de las niсas y niсos robados a las tribus —pro siguiу Roger—. Traнdos aquн y vendidos por veinte o treinta soles a las familias.
El seсor Stirs permaneciу mudo, observбndolo. Se abanicaba con furia ahora.
—Segъn el padre Urrutia, casi todos los sirvientes de Iquitos fueron robados y vendidos —aсadiу Casement. Y, mirando al cуnsul fijamente a los ojos—: їEs asн?
Mr. Stirs lanzу un prolongado suspiro y se moviу en su mecedora, sin disimular una expresiуn de disgusto. Su cara parecнa decir: «No sabe cuбnto me alegro que par ta usted maсana al Putumayo. Ojalб no volvamos a vemos las caras, seсor Casement».
—їNo ocurrнan esas cosas en el Congo? —respondiу, evasivo.
—Ocurrнan, sн, aunque no de la manera generalizada de aquн. Permнtame una impertinencia. Los cuatro sirvientes que usted tiene їlos contratу o los comprу?
—Los heredй —dijo, con sequedad, el cуnsul britбnico—. Formaban parte de la casa, cuando mi antecesor, el cуnsul Cazes, partiу a Inglaterra. No se puede decir que los contratara porque, aquн en Iquitos, eso no se estila. Los cuatro son analfabetos y no sabrнan leer ni firmar un con trato. En mi casa duermen, comen, yo los visto y, ademбs, les doy propinas, algo que, le aseguro, no es frecuente en estas tierras. Los cuatro son libres de partir cuando les plazca. Hable con ellos y pregъnteles si les gustarнa buscar trabajo en otra parte. Verб su reacciуn, seсor Casement.
Este asintiу y tomу un sorbo de su copa de oporto.
—No he querido ofenderlo —se disculpу—. Estoy tratando de entender en quй paнs estoy, los valores y las costumbres de Iquitos. No tengo la menor intenciуn de que usted me vea como un inquisidor.
La expresiуn del cуnsul era, ahora, hostil. Se abanicaba despacio y en su mirada habнa aprensiуn ademбs de odio.
—No como un inquisidor, sino como un justicie ro —lo corrigiу, haciendo otra mueca de desagrado—. O, si prefiere, un hйroe. Ya le dije que no me gustan los hйroes. No tome a mal mi franqueza. Por lo demбs, no se haga ilusiones. Usted no va a cambiar lo que ocurre aquн, seсor Casement. Y el padre Urrutia tampoco. En cierto sentido, para estos niсos es una suerte lo que les ocurre. Ser sirvientes, quiero decir. Serнa mil veces peor que crecieran en las tribus, comiйndose los piojos, muriendo de tercianas y cualquier peste antes de cumplir diez aсos, o trabajando como animales en las caucherнas. Aquн viven mejor. Ya sй que este pragmatismo mнo le chocarб.
Roger Casement no dijo nada. Ya sabнa lo que que rнa saber. Y, tambiйn, que a partir de ahora probablemente el cуnsul britбnico en Iquitos serнa otro enemigo del que deberнa cuidarse.