—He venido aquн a servir a mi paнs en una tarea consular —aсadiу Mr. Stirs, mirando el petate de fibras del suelo—. La cumplo a cabalidad, le aseguro. A los ciudadanos britбnicos, que no son muchos, los conozco, los defiendo y los sirvo en todo lo que hace falta. Hago cuanto puedo por alentar el comercio entre la Amazonia y el Imperio britбnico. Mantengo informado a mi Gobierno sobre el movimiento comercial, los barcos que van y vienen, los inciden tes fronterizos. Entre mis obligaciones no figura combatir la esclavitud o los abusos que cometen los mestizos y los blancos del Perъ con los indios del Amazonas.
—Siento haberlo ofendido, seсor Stirs. No hablemos mбs de este asunto.
Roger se puso de pie, dio las buenas noches al dueсo de casa y se retirу a su habitaciуn. La tormenta habнa amainado pero aъn llovнa. La terraza contigua al dormitorio estaba empapada. Habнa un denso olor a plantas y a tierra hъmeda. La noche estaba oscura y el rumor de los insectos era intenso, como si no estuvieran sуlo en el bosque sino en el interior de la habitaciуn. Con la tormenta, habнa caнdo otra lluvia: la de esos escarabajos negruzcos que llamaban vinchucas. Maсana sus cadбveres alfombrarнan la terraza y, si los pisaba, crujirнan como nueces y mancharнan el suelo con una sangre oscura. Se desnudу, se puso el pijama y se metiу en la cama, debajo del mosquitero.
Habнa sido imprudente, desde luego. Ofender al cуnsul, un pobre hombre, acaso un buen hombre, que sуlo esperaba llegar a la jubilaciуn sin meterse en problemas, regresar a Inglaterra y sepultarse a cuidar su jardнn en el cottage en Surrey que habrнa ido pagando a pocos con sus ahorros. Eso deberнa haber hecho йl, y, entonces, tendrнa menos enfermedades en el cuerpo y menos angustias en el alma.
Recordу su violenta discusiуn en el
—Bueno, йsa es una manera de ver las cosas —lo interrumpiу Roger Casement, con parsimonia—. Tambiйn hay otra.
Vнctor Israel era un hombre alargado, delgadнsimo, con mechones blancos en su gran melena lacia que le llegaba hasta los hombros. Tenнa una barbita de varios dнas en su gran cara huesuda y unos ojitos oscuros triangulares, algo mefistofйlicos, que se clavaron en Roger Casement, desconcertados. Llevaba un chaleco colorado y, encima, tirantes, asн como una chalina de fantasнa sobre los hombros.
—їQuй quiere usted decir?
—Me refiero al punto de vista de los que usted llama salvajes —explicу Casement, en tono trivial, como si hablara del tiempo o los mosquitos—. Pуngase en su lugar por un momento. Estбn allн, en sus aldeas, donde han vivido aсos o siglos. Un buen dнa llegan unos seсores blancos o mestizos con escopetas y revуlveres y les exigen abandonar a sus familias, sus cultivos, sus casas, para ir a recoger caucho a decenas o centenas de kilуmetros, en beneficio de unos extraсos, cuya ъnica razуn es la fuerza de que disponen. їUsted irнa de buena gana a recoger el famoso lбtex, don Vнctor?
—Yo no soy un salvaje que vive desnudo, adora a la yacumama y ahoga en el rнo a sus hijos si nacen con el labio leporino —repuso el cauchero, con una risotada sardуnica que acentuaba su disgusto—. їPone usted en un mismo plano a los canнbales de la Amazonia y a los pioneros, empresarios y comerciantes que trabajamos en condiciones heroicas y nos jugamos la vida por convertir estos bosques en una tierra civilizada?