Los miembros de la Comisiуn partieron de Iquitos el 14 de septiembre de 1910, a media maсana. Roger llevaba contratado como intйrprete a Frederick Bishop, uno de los barbadenses que entrevistу. Bishop hablaba espaсol y aseguraba que podнa entender y hacerse entender en los dos idiomas indнgenas mбs hablados en las caucherнas: el bora y el huitoto. El Liberal, el mбs grande de la flota de quince barcos de la Peruvian Amazon Company, estaba bien conservado. Disponнa de pequeсos camarotes donde podнan acomodarse los viajeros de dos en dos. Te nнa hamacas en la proa y en la parte trasera para los que preferнan dormir a la intemperie. Bishop temнa volver al Putumayo y pidiу a Roger Casement constancia escrita de que la Comisiуn lo protegerнa durante el viaje y que, luego, serнa repatriado a Barbados por el Gobierno britбnico.

La travesнa de Iquitos a La Chorrera, capital del enorme territorio entre los rнos Сapo y Caquetб donde tenнa sus operaciones la Peruvian Amazon Company de Julio C. Arana, durу ocho dнas de calor, nubes de mosquitos, aburrimiento y monotonнa de paisaje y de ruidos. El barco descendiу por el Amazonas, cuya anchura a partir de Iquitos crecнa hasta volverse invisibles sus orillas, cruzу la frontera del Brasil en Tabatinga y continuу descendiendo por el Yavarн, para luego reingresar al Perъ por el Igaraparanб. En este tramo las orillas se acercaban y a veces las lianas y ramas de los altнsimos бrboles sobrevolaban la cubierta de la nave. Se escuchaban y veнan bandadas de loros zigzagueando y chillando entre los бrboles, o parsimoniosas garzas rosadas asoleбndose en un islote y haciendo equilibrio en una sola pata, caparazones de tortugas cuyo pardo color sobresalнa de unas aguas algo mбs pбlidas, y, a veces, el erizado lomo de un caimбn dormitando en el fango de la orilla al que disparaban escopetazos o tiros de revуlver desde el barco.

Roger Casement pasу buena parte de la travesнa ordenando sus notas y cuadernos de Iquitos y trazбndose un plan de trabajo para los meses que pasarнa en los do minios de Julio C. Arana. De acuerdo a las instrucciones del Foreign Office debнa entrevistar sуlo a los barbadenses que trabajaban en las estaciones porque eran ciudadanos britбnicos, y dejar en paz a los empleados peruanos y de otras nacionalidades, para no herir la susceptibilidad del Gobierno del Perъ. Pero йl no pensaba respetar esos lнmites. Su investigaciуn quedarнa tuerta, manca y coja si no recababa tambiйn informaciуn de los jefes de estaciуn, de sus «muchachos» o «racionales» —indios castellanizados encargados de la vigilancia de los trabajos y la aplicaciуn de los castigos— y de los propios indнgenas. Sуlo de este modo tendrнa una visiуn cabal de la manera como la Compaснa de Julio C. Arana violaba las leyes y la йtica en sus relaciones con los nativos.

En Iquitos, Pablo Zumaeta advirtiу a los miembros de la Comisiуn que, por instrucciones de Arana, la Compaснa habнa enviado por delante al Putumayo a uno de sus jefes principales, el seсor Juan Tizуn, para que los recibiera y les facilitara los desplazamientos y el trabajo. Los comisionados supusieron que la verdadera razуn del viaje de Tizуn al Putumayo era ocultar los trazos de los abusos y presentarles una imagen maquillada de la realidad.

Llegaron a La Chorrera al mediodнa del 22 de septiembre de 1910. El nombre del lugar se debнa a los torrentes y cataratas que provocaba un angostamiento brusco del cauce del rнo, espectбculo ruidoso y soberbio de espuma, ruido, rocas hъmedas y remolinos que rompнan la monotonнa con que discurrнa el Igaraparanб, el afluente a cuyas orillas estaba el cuartel general de la Peruvian Amazon Company. Para llegar del embarcadero a las oficinas y viviendas de La Chorrera habнa que trepar una escarpa da cuesta de barro y maleza. Las botas de los viajeros se hundнan en el fango y йstos, a veces, para no caer debнan apoyarse en los cargadores indios que llevaban los equipajes. Mientras saludaba a quienes habнan venido a recibirlos, Roger, con un pequeсo estremecimiento, comprobу que uno de cada tres o cuatro indнgenas semidesnudos que cargaban los bultos o los miraban con curiosidad desde la orilla, golpeбndose los brazos con las manos abiertas para apartar a los mosquitos, tenнan en las espaldas, las nalgas y los muslos cicatrices que sуlo podнan ser de latigazos. El Congo, sн, el Congo por doquier.

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