Juan Tizуn era un hombre alto, vestido de blanco, de maneras aristocrбticas, muy cortйs, que hablaba suficiente inglйs para entenderse con йl. Debнa raspar la cincuentena y se veнa a la legua, por su cara bien rasurada, su bigotito recortado, sus manos finas y su atuendo, que no estaba aquн, en medio de la selva, en su elemento, que era un hombre de oficina, salones y ciudad. Les dio la bienvenida en inglйs y en espaсol y les presentу a su acompaсan te, cuyo solo nombre produjo en Roger repugnancia: Vнctor Macedo, jefe de La Chorrera. Este, por lo menos, no habнa huido. Los artнculos de Saldaсa Roca y los de Hardenburg en la revista
Mientras escalaban la ladera, lo observу. Era un hombre de edad indefinible, fortachуn, mбs bajo que alto, un cholo blancуn pero con los rasgos algo orientales de un indнgena, nariz achatada, boca de labios muy anchos siempre abiertos que mostraban dos o tres dientes de oro, la expresiуn dura de alguien curtido por la intemperie. A diferencia de los reciйn llegados, subнa con facilidad la empinada cuesta. Tenнa una mirada un tanto oblicua, como si mirase de costado para evitar el relumbre del sol o porque temнa encarar a las personas. Tizуn iba desarmado, pero Vнctor Macedo lucнa un revуlver en la correa de su pantalуn.
En el claro, muy ancho, habнa construcciones de madera sobre pilotes —gruesos troncos de бrboles o columnas de cemento— con barandas en el segundo piso, techos de calamina las mбs grandes o, las mбs pequeсas, de hojas trenzadas de palmera. Tizуn iba explicбndoles a la vez que seсalaba —«Allн estбn las oficinas», «Esos son depуsitos de caucho», «En esta casa se alojarбn ustedes»— pero Roger apenas lo oнa. Observaba a los grupos de indнgenas semi o totalmente desnudos que los ojeaban con indiferencia o evitaban mirarlos: hombres, mujeres y niсos enclenques, algunos con pintura en la cara y en los pechos, de piernas tan flacas como caсas, pieles pбlidas, amarillentas, y, a veces, con incisiones y colguijos en los labios y orejas que le recordaron a los nativos Africanos. Pero aquн no habнa negros. Los pocos mulatos y morenos que divisу llevaban pantalones y botines y eran sin duda parte del contingente de Barbados. Contу cuatro. A los «muchachos» o «racionales» los reconociу de inmediato, pues, aun que indios y descalzos, se habнan cortado el pelo, se peinaban como los «cristianos» y vestнan pantalones y blusas, y lleva bancolgados a la cintura palos y lбtigos.
En tanto que los demбs miembros de la Comisiуn debieron compartir las habitaciones de dos en dos, Roger Casement tuvo el privilegio de contar con una para йl solo. Era un cuartito pequeсo, con una hamaca en vez de cama y un mueble que podнa servir a la vez de baъl y de escrito rio. Sobre una mesita habнa un lavador, una jarra de agua y un espejo. Le explicaron que, en el primer piso, junto a la entrada, habнa un pozo sйptico y una ducha. Apenas se instalу y dejу sus cosas, antes de sentarse a almorzar, Roger dijo a Juan Tizуn que querнa comenzar esta tarde misma a entrevistar a todos los barbadenses que hubiera en La Chorrera.
Para entonces ya se le habнa metido en las narices ese olor rancio y penetrante, oleaginoso, parecido al de las plantas y hojas podridas. Impregnaba todos los rincones de La Chorrera y lo acompaсarнa maсana, tarde y noche los tres meses que durу su viaje al Putumayo, un olor al que nunca se acostumbrу, que lo hizo vomitar y le daba arcadas, una pestilencia que parecнa venir del aire, la tierra, los objetos y los seres humanos y que, desde entonces, se convertirнa para Roger Casement en el sнmbolo de la maldad y el sufrimiento que ese jebe sudado por los бrboles de la Amazonia habнa exacerbado a extremos vertignosos. «Es curioso», le comentу a Juan Tizуn, el dнa de su llegada. «En el Congo estuve muchas veces en caucherнas y depуsitos de caucho. Pero no recuerdo que el lбtex congolйs despidiera un olor tan fuerte y desagradable». «Son variedades distintas», le explicу Tizуn. «Este huele mбs y es tambiйn mбs resistente que el Africano. En las pacas que van a Europa se les echa talco para rebajar la pestilencia».
Aunque el nъmero de barbadenses en toda la regiуn del Putumayo era de 196, sуlo habнa seis en La Chorrera. Dos de ellos se negaron de entrada a conversar con Roger, pese a que йste, por intermedio de Bishop, les asegurу que su testimonio serнa privado, que en ningъn caso serнan procesados por lo que le dijeran, y que йl en persona se ocuparнa de trasladarlos a Barbados si no querнan seguir trabajando para la Compaснa de Arana.