Se sentaron y empezaron a servirse de las distintas fuentes. Los miembros de la Comisiуn habнan pasado la tarde recorriendo las instalaciones de La Chorrera y, con ayuda de Bishop, conversando con los empleados de la administraciуn y de los depуsitos. Todos parecнan cansados y con pocas ganas de hablar. їHabrнan sido sus experiencias en este primer dнa tan deprimentes como las suyas?
Juan Tizуn les ofreciу vino, pero, como les advirtiу que con el transporte y el clima el vino francйs llegaba hasta aquн movido y a veces agriado, todos prefirieron seguir con el whiskey.
A media comida, Roger comentу, echando una ojeada a los indios que servнan:
—He visto que muchos indios e indias de La Chorrera tienen cicatrices en las espaldas, en las nalgas y en los muslos. Esa muchacha, por ejemplo. їCuбntos latigazos reciben, por lo comъn, cuando se les azota?
Hubo un silencio general, en el que el chisporroteo de las lбmparas de aceite y el ronroneo de los insectos cre ciу. Todos miraban a Juan Tizуn, muy serios.
—Esas cicatrices se las hacen la mayor parte de las veces ellos mismos —afirmу йste, incуmodo—. Tienen en sus tribus esos ritos de iniciaciуn bastante bбrbaros, ustedes saben, como abrirse huecos en la cara, en los labios, en las orejas, en las narices, para meterse anillos, dientes y toda clase de colguijos. No niego que algunas puedan haber sido hechas por capataces que no respetaron las disposiciones de la Compaснa. Nuestro reglamento prohнbe los castigos fнsicos de manera categуrica.
—Mi pregunta no iba a eso, seсor Tizуn —se disculpу Casement—. Sino a que, aunque se ven tantas cicatrices, no he visto a ningъn indio con la marca de la Compaснa en el cuerpo.
—No sй lo que quiere decir —replicу Tizуn, bajando el tenedor.
—Los barbadenses me han explicado que muchos indнgenas estбn marcados con las iniciales de la Compaснa: CA, es decir, Casa Arana. Como las vacas, los caballos y los cerdos. Para que no se escapen ni se los roben los caucheros colombianos. Ellos mismos han marcado a muchos. Con fuego a veces y a veces con cuchillo. Pero no he visto a ninguno todavнa con esas marcas. їQuй ha sido de ellos, seсor?
Juan Tizуn perdiу su compostura y sus maneras elegantes, de golpe. Se habнa congestionado y temblaba de indignaciуn.
—No le permito que me hable en ese tono —ex clamу, mezclando el inglйs con el espaсol—. Yo estoy aquн para facilitarles el trabajo, no para recibir sus ironнas.
Roger Casement asintiу, sin alterarse.
—Le pido disculpas, no he querido ofenderlo —dijo, calmado—. Ocurre que, aunque fui testigo en el Congo de crueldades indecibles, la de marcar a seres humanos con fuego o cuchillo no la habнa visto todavнa. Estoy seguro que usted no es responsable de esta atrocidad.
—ЎClaro que no soy responsable de ninguna atrocidad! —volviу a levantar la voz Tizуn, gesticulando. Revolvнa los ojos en las уrbitas, fuera de sн—. Si se cometen, no es culpa de la Compaснa. їNo ve usted quй lugar es йste, seсor Casement? Aquн no hay ninguna autoridad, ni policнa, ni jueces, ni nadie. Quienes trabajan aquн, de jefes, de capataces, de ayudantes, no son personas educa das, sino, en muchos casos, analfabetos, aventureros, hombres rudos, endurecidos por la selva. A veces, cometen abusos que espantan a un civilizado. Lo sй muy bien. Hacemos lo que podemos, crйame. El seсor Arana estб de acuerdo con ustedes. Todos los que hayan cometido atropellos serбn despedidos. Yo no soy cуmplice de ninguna injusticia, seсor Casement. Yo tengo un nombre respetable, una familia que significa mucho en este paнs, yo soy un catуlico que cumple con su religiуn.
Roger pensу que Juan Tizуn creнa probablemente en lo que decнa. Un buen hombre, que, en Iquitos, Manaos, Lima o Londres no sabнa ni querнa saber lo que pasaba aquн. Debнa maldecir la hora en que a Julio C. Arana se le ocurriу mandarlo a este rincуn fuera del mundo a cumplir esta in grata tarea y a pasar mil incomodidades y malos ratos.
—Debemos trabajar juntos, colaborar —repetнa Tizуn, algo mбs calmado, moviendo mucho las manos—. Lo que anda mal, serб corregido. Los empleados que hayan cometido atrocidades serбn sancionados. ЎMi palabra de honor! Lo ъnico que les pido es que vean en mн a un amigo, alguien que estб del lado de ustedes.
Poco despuйs, Juan Tizуn dijo que se sentнa algo indispuesto y preferнa retirarse. Dio las buenas noches y se fue.
Se quedaron alrededor de la mesa sуlo los miembros de la Comisiуn.
—їMarcados como animales? —murmurу el botбnico Walter Folk, con aire escйptico—. їPuede ser cierto eso?
—Tres de los cuatro barbadenses que interroguй hoy me lo han asegurado —asintiу Casement—. Stanley Sealy dice haberlo hecho йl mismo, en la estaciуn de Abisinia, por orden de su jefe, Abelardo Agьero. Pero ni si quiera lo de las marcas me parece lo peor. He escuchado cosas todavнa mбs terribles esta tarde.