Los cuatro que aceptaron dar testimonio llevaban en el Putumayo cerca de siete aсos y habнan servido a la Peruvian Amazon Company en distintas estaciones como capataces, un cargo intermedio entre los jefes y los «mu chachos» o «racionales». El primero con el que conversу, Donal Francis, un negro alto y fuerte que cojeaba y tenнa una nube en el ojo, estaba tan nervioso y se mostraba tan desconfiado que Roger supuso de inmediato que no obtendrнa gran cosa de йl. Respondнa monosнlabos y negу todas las acusaciones. Segъn йl, en La Chorrera jefes, empleados y «hasta salvajes» se llevaban muy bien. Nunca hubo problemas y menos violencia. Habнa sido bien aleccionado sobre lo que debнa decir y hacer ante la Comisiуn.
Roger sudaba copiosamente. Bebнa agua a sorbitos. їSerнan tan inъtiles como йsta las demбs entrevistas con los barbadenses del Putumayo? No lo fueron. Philip Bertie Lawrence, Seaford Greenwich y Stanley Sealy, sobre todo este ъltimo, luego de vencer una prevenciуn inicial y de recibir la promesa de Roger, en nombre del Gobierno britбnico, de que serнan repatriados a Barbados, se lanza ron a hablar, a contarlo todo y a inculparse a sн mismos con vehemencia a veces frenйtica, como impacientes por des cargar sus conciencias. Stanley Sealy ilustrу su testimonio con tales precisiones y ejemplos que, pese a su larga experiencia con las atrocidades humanas, Casement en ciertos momentos tuvo mareos y una angustia que apenas le permitнa respirar. Cuando el barbadense terminу de hablar se habнa hecho de noche. El zumbido de los insectos nocturnos parecнa atronador como si millares de ellos revolotearan en su entorno. Estaban sentados en una banca de madera, en la terraza que daba al dormitorio de Roger. Habнan fumado entre los dos un paquete de cigarrillos. En la oscuridad creciente Roger ya no podнa ver los rasgos de ese mulato pequeсo que era Stanley Sealy, sуlo el con torno de su cabeza y sus brazos musculosos. Llevaba poco tiempo en La Chorrera. Habнa trabajado dos aсos en la estaciуn de Abisinia, como brazo derecho de los jefes Abelardo Agьero y Augusto Jimйnez, y, antes, en Matanzas, con Armando Normand. Permanecнan callados. Roger sentнa las picaduras de los mosquitos en su cara, el cuello y los brazos, pero no tenнa бnimos para espantarlos.
De pronto se dio cuenta de que Sealy lloraba. Se habнa llevado las manos a la cara y sollozaba despacio, con unos suspiros que hinchaban su pecho. Roger veнa el brillo de las lбgrimas en sus ojos.
—їCrees en Dios? —le preguntу—. їEres una persona religiosa?
—Lo fui de niсo, me parece —gimoteу el mulato, con la voz desgarrada—. Mi madrina me llevaba a la iglesia los domingos, allб en St. Patrick, el pueblo donde nacн. Ahora, no sй.
—Te lo pregunto porque a lo mejor te ayuda hablarle a Dios. No te digo rezarle, sino hablarle. Intйntalo. Con la misma franqueza con que me has hablado a mн. Cuйntale lo que sientes, por quй estбs llorando. El te puede ayudar mбs que yo, en todo caso. Yo no sй cуmo hacerlo. Yo me siento tan descompuesto como tъ, Stanley.
Al igual que Philip Bertie Lawrence y Seaford Greenwich, Stanley Sealy estaba dispuesto a repetir su tes timonio ante los miembros de la Comisiуn e, incluso, delante del seсor Juan Tizуn. Siempre y cuando permaneciera junto a Casement y viajara con йste a Iquitos y luego a Barbados.
Roger entrу a su cuarto, prendiу los mecheros de aceite, se quitу la camisa y se lavу el pecho, las axilas y la cara con agua de la palangana. Le hubiera gustado darse una ducha, pero habrнa tenido que bajar y hacerlo al aire libre y sabнa que su cuerpo serнa devorado por los mosquitos que, en las noches, se multiplicaban en nъmero y en ferocidad.
Bajу a cenar en la planta baja, en un comedor tambiйn iluminado con lбmparas de aceite. Juan Tizуn y sus compaсeros de viaje estaban bebiendo un whiskey tibio y aguado. Conversaban de pie, mientras tres o cuatro sirvientes indнgenas, semidesnudos, iban trayendo pescados fritos y al horno, yucas hervidas, camotes y harina de maнz con la que espolvoreaban los alimentos igual que hacнan los brasileсos con la farinha. Otros espantaban a las moscas con unos abanicos de paja.
—їCуmo le fue con los barbadenses? —le preguntу Juan Tizуn, alcanzбndole un vaso de whiskey.
—Mejor de lo que esperaba, seсor Tizуn. Me te mнa que fueran reacios a hablar. Pero, al contrario. Tres de ellos me han hablado con franqueza total.
—Espero que compartan conmigo las quejas que reciban —dijo Tizуn, medio en broma medio en serio—. La Compaснa quiere corregir lo que haga falta y mejorar. Esa ha sido siempre la polнtica del seсor Arana. Bueno, me imagino que tienen hambre. ЎA la mesa, seсores!