Siguieron conversando, ya sin probar bocado, has ta acabarse las dos botellas de whiskey que habнa en la mesa. Los comisionados estaban impresionados con las cicatrices en las espaldas de los indнgenas y con el cepo o potro de torturas que habнan descubierto en uno de los depуsitos de La Chorrera donde se almacenaba el caucho. Delante del seсor Tizуn, que habнa pasado muy mal rato, Bishop les explicу cуmo funcionaba esa armazуn de madera y sogas en la que el indнgena era introducido y comprimido, de cuclillas. No podнa mover brazos ni piernas. Se le atormentaba ajustando las barras de madera o suspendiйndolo en el aire. Bishop aclarу que el cepo estaba siempre en el centro del descampado de todas las estaciones. Preguntaron a uno de los «racionales» del depуsito cuбndo habнan traнdo el aparato a este lugar. El «muchacho» les explicу que sуlo la vнspera de su llegada.
Decidieron que la Comisiуn escuchara al dнa siguiente a Philip Bertie Lawrence, Seaford Greenwich y Stanley Sealy. Seymour Bell sugiriу que Juan Tizуn estuviera presente. Hubo opiniones divergentes, sobre todo la de Walter Folk, quien temнa que, ante el alto jefe, los barbadenses se retractaran de lo dicho.
Esa noche Roger Casement no pegу los ojos. Es tuvo tomando notas sobre sus diбlogos con los barbadenses, hasta que la lбmpara se apagу porque el aceite se habнa terminado. Se tumbу en su hamaca y permaneciу desvelado, durmiendo por momentos y despertбndose a cada rato con los huesos y mъsculos adoloridos y sin poder sacudirse la desazуn que lo embargaba.
ЎY la Peruvian Amazon Company era una compaснa britбnica! En su Directorio figuraban personalidades tan respetadas del mundo de los negocios y de la City como sir
«їPor quй estos indнgenas no han intentado rebelarse?», habнa preguntado durante la cena el botбnico Walter Folie. Y aсadiу: «Es verdad que no tienen armas de fuego. Pero son muchos, podrнan alzarse y, aunque murieran algunos, dominar a sus verdugos por el nъmero». Roger le respondiу que no era tan simple. No se rebelaban por las mismas razones que tampoco en el Бfrica lo habнan hecho los congoleses. Ocurrнa sуlo excepcionalmente, en casos localizados y esporбdicos, actos de suicidio de un individuo o un pequeсo grupo. Porque, cuando el sistema de explotaciуn era tan extremo, destruнa los espнritus antes todavнa que los cuerpos. La violencia de que eran vнctimas aniquilaba la voluntad de resistencia, el instinto por sobrevivir, convertнa a los indнgenas en autуmatas paralizados por la confusiуn y el terror. Muchos no entendнan lo que les ocurrнa como una consecuencia de la maldad de hombres concretos y especнficos, sino como un cataclismo mнtico, una maldiciуn de los dioses, un castigo divino contra el que no tenнan escapatoria.