Aunque, aquн, en el Putumayo, Roger descubriу en los documentos sobre la Amazonia que consultaba, que hacнa pocos aсos hubo un intento de rebeliуn, en la estaciуn de Abisinia, donde estaban los boras. Era un tema del que nadie querнa hablar. Todos los barbadenses lo habнan evitado. El joven cacique bora del lugar, llamado Katenere, una noche, apoyado por un grupito de su tribu, robу los rifles de los jefes y «racionales», asesinу a Barto lomй Zumaeta (pariente de Pablo Zumбeta), que en una borrachera habнa violado a su mujer, y se perdiу en la selva. La Compaснa puso precio a su cabeza. Varias expediciones salieron en su busca. Durante cerca de dos aсos no pudieron echarle mano. Por fin, una partida de cazadores, guiada por un indio delator, rodeу la choza donde estaba escondido Katenere con su mujer. El cacique logrу escapar, pero la mujer fue capturada. El jefe Vбsquez la violу йl mismo, en pъblico, y la puso en el cepo sin agua ni alimento. La tuvo asн varios dнas. De tanto en tanto, la hacнa azotar. Finalmente, una noche, el cacique apareciу. Sin duda habнa espiado las torturas de su mujer desde la espesura. Cruzу el descampado, tirу la carabina que llevaba y fue a arrodillarse en actitud sumisa junto al cepo donde su esposa agonizaba o ya estaba muerta. Vбsquez ordenу a gritos a los «racionales» que no le dispararan. El mismo le sacу los ojos a Katenere con un alambre. Luego lo hizo quemar vivo, junto con la mujer, ante los indнgenas de los alrededores formados en ronda. їHabнan ocurrido asн las cosas? La historia tenнa un final romбntico que, pensaba Roger, probablemente habнa sido alterado para acercarlo al apetito de truculencia tan extendido en estas tierras cбlidas. Pero, al menos, ahн quedaban el sнmbolo y el ejemplo: un nativo se habнa rebelado, castigado a un torturador y muerto como un hйroe.
Apenas saliу la luz del alba, abandonу la casa don de se alojaba y bajу la cuesta hacia el rнo. Se baсу desnudo, luego de encontrar una pequeсa poza en la que se podнa resistir la corriente. El agua frнa le hizo el efecto de un masaje. Cuando se vistiу se sentнa fresco y reconfortado. Al regresar a La Chorrera se desviу para recorrer el sector donde estaban las chozas de los huitotos. Las cabaсas, diseminadas entre sembrнos de yuca, maнz y plбtanos, eran redondas, con tabiques de madera de chonta sujetos con bejucos y protegidas con techos de hojas tejidas de yarina que llegaban al suelo. Vio a mujeres esquelйticas cargando criaturas —ninguna respondiу las venias de saludo que les hizo— pero a ningъn hombre. Cuando regresу a la cabaсa, una mujer indнgena estaba poniendo en su dormitorio la ropa que le dio a lavar el dнa de su llegada. Le preguntу cuбnto le debнa pero la mujer —joven, con unas rayas verdes y azules en la cara— lo mirу sin comprender. Hizo que Frederick Bishop le preguntara quй le debнa. Este lo hizo, en huitoto, pero la mujer pareciу no entender.
—No le debe nada —dijo Bishop—. Aquн no circula el dinero. Ademбs, es una de las mujeres del jefe de La Chorrera, Vнctor Macedo.
—їCuбntas tiene?
—Ahora, cinco —explicу el barbadense—. Cuan do yo trabajй aquн, tenнa siete al menos. Las ha cambiado. Asн hacen todos.
Se riу e hizo una broma que Roger Casement no le festejу:
—Con este clima, las mujeres se gastan muy rбpido. Hay que renovarlas todo el tiempo, como la ropa.
Las dos semanas siguientes que permanecieron en La Chorrera, hasta que los miembros de la Comisiуn se desplazaron a la estaciуn de Occidente, Roger Casement las recordarнa como las mбs atareadas e intensas del viaje. Sus entretenimientos consistнan en baсarse en el rнo, los vados o las cataratas menos torrentosas, largos paseos por el bosque, tomar muchas fotos y, tarde en la noche, alguna partida de bridge con sus compaсeros. En verdad, la mayor parte del dнa y de la tarde la pasaba investigando, escribiendo, interrogando a la gente del lugar o intercambiando impresiones con sus compaсeros.
Contrariamente a lo que йstos temнan, Philip Bertie Lawrence, Seaford Greenwich y Stanley Sealy no se intimidaron ante la Comisiуn en pleno y la presencia de Juan Tizуn. Confirmaron todo lo que le habнan contado a Roger Casement y ampliaron sus testimonios, revelando nuevos hechos de sangre y abusos. A veces, en los interrogatorios, Roger veнa palidecer a alguno de los comisionados como si fuera a desmayarse.