Juan Tizуn permanecнa mudo, sentado detrбs de ellos, sin abrir la boca. Tomaba notas en pequeсos cuadernos. Los primeros dнas, luego de los interrogatorios, intentу rebajar y cuestionar los testimonios referentes a torturas, asesinatos y mutilaciones. Pero, a partir del tercer o cuarto dнa, una transformaciуn se operу en йl. Permanecнa callado a la hora de las comidas, apenas probaba bocado y respondнa con monosнlabos y murmullos cuando le dirigнan la palabra. Al quinto dнa, mientras tomaban un trago antes de la cena, estallу. Con los ojos inyectados, se dirigiу a todos los presentes: «Esto va mбs allб de todo lo que yo pude nunca imaginar. Les juro por el alma de mi santa madre, de mi esposa y de mis hijos, lo que mбs quiero en el mundo, que todo esto es para mн una absoluta sorpresa. Siento un horror tan grande como el de ustedes. Estoy enfermo con las cosas que oнmos. Es posible que haya exageraciones en las denuncias de estos barbadenses, que quieran congraciarse con ustedes. Pero aun asн, no hay duda, aquн se han cometido crнmenes intolerables, monstruosos, que deben ser denunciados y castigados. Yo les juro que…».
Se le cortу la voz y buscу una silla donde sentar se. Estuvo mucho rato cabizbajo, con la copa en la mano. Balbuceу que Julio C. Arana no podнa sospechar lo que ocurrнa aquн, ni tampoco sus principales colaboradores en Iquitos, Manaos o Londres. El serнa el primero en exigir que se pusiera remedio a todo esto. Roger, impresionado con la primera parte de lo que les dijo, pensу que Tizуn, ahora, era menos espontбneo. Y que, humano al fin y al cabo, pensaba en su situaciуn, su familia y su futuro. En todo caso, a partir de ese dнa, Juan Tizуn pareciу dejar de ser un alto funcionario de la Peruvian Amazon Company para convertirse en un miembro mбs de la Comisiуn. Colaboraba con ellos con celo y diligencia, trayйndoles a me nudo datos nuevos. Y todo el tiempo les exigнa tomar precauciones. Se habнa llenado de recelo, espiaba el con torno lleno de sospechas. Sabiendo lo que sucedнa aquн, la vida de todos corrнa peligro, principalmente la del cуnsul general. Vivнa en continuo sobresalto. Temнa que los barbadenses fueran a revelar a Vнctor Macedo lo que habнan confesado. Si lo hacнan, no se podнa descartar que este sujeto, antes de ser llevado a los tribunales o entregado a la policнa, les montara una emboscada y dijera despuйs que habнan perecido a manos de los salvajes.
La situaciуn dio un vuelco un amanecer en que Roger Casement advirtiу que alguien llamaba a su puerta con los nudillos. Estaba todavнa oscuro. Fue a abrir y en la abertura divisу una silueta que no era la de Frederick Bishop. Se trataba de Donal Francis, el barbadense que habнa insistido en que aquн reinaba la normalidad. Hablaba en voz muy baja y asustada. Habнa reflexionado y ahora querнa decirle la verdad. Roger lo hizo entrar. Conversaron sentados en el suelo pues Donal temнa que si salнan a la terraza pudieran escucharlos.
Le asegurу que le habнa mentido por miedo a Vнctor Macedo. Este lo habнa amenazado: si delataba a los ingleses lo que aquн pasaba, no volverнa a poner los pies en Barbados y, una vez que aquйllos partieran, despuйs de cortarle los testнculos, lo atarнa desnudo a un бrbol para que se lo comieran las hormigas curhuinses. Roger lo tranquilizу. Serнa repatriado a Bridgetown, al igual que los otros barbadenses. Pero no quiso escuchar esta nueva confesiуn en privado. Francis debiу hablar delante de los comisionados y de Tizуn.
Testimoniу ese mismo dнa, en el comedor, donde tenнan las sesiones de trabajo. Mostraba mucho miedo. Sus ojos revoloteaban, se mordнa los gruesos labios y a veces no encontraba las palabras. Hablу cerca de tres horas. El momento mбs dramбtico de su confesiуn ocurriу cuan do dijo que, hacнa un par de meses, a dos huitotos que alegaban estar enfermos para justificar la cantidad ridнcula de caucho que habнan reunido, Vнctor Macedo les ordenу a йl y a un «muchacho» llamado Joaquнn Piedra, atar les las manos y los pies, zambullirlos en el rнo y tenerlos aplastados bajo el agua hasta que se ahogaran. Entonces hizo que los «racionales» arrastraran los cadбveres albos que para que se los comieran los animales. Donal ofreciу llevarlos hasta el sitio donde todavнa se podнan encontrar algunos miembros y huesos de los dos huitotos.
El 28 de septiembre, Casement y los miembros de la Comisiуn abandonaron La Chorrera en la lancha Veloz de la Peruvian Amazon Company, rumbo a Occidente. Remontaron el rнo Igaraparanб varias horas, hicieron esca las en los puestos de acopio de caucho de Victoria y Naimenes para comer algo, durmieron en la misma lancha y al dнa siguiente, luego de otras tres horas de navegaciуn, atracaron en el embarcadero de Occidente. Los recibiу el jefe de la estaciуn, Fidel Velarde, con sus ayudantes Manuel Torrico, Rodrнguez y Acosta. «Todos tienen caras y actitudes de matones y forajidos», pensу Roger Casement.