Iban armados con pistolas y carabinas Winchester. Seguramente siguiendo instrucciones, se mostraron obsecuentes con los reciйn llegados. Juan Tizуn, una vez mбs, les pidiу prudencia. De ningъn modo debнan revelar a Velarde y sus «muchachos» las cosas que habнan averiguado.
Occidente era un campamento mбs pequeсo que La Chorrera y cercado por una empalizada de caсas de madera afiladas como lanzas. «Racionales» armados con carabinas cuidaban las entradas.
—їPor quй estб tan protegida la estaciуn? —preguntу Roger a Juan Tizуn—. їEsperan un ataque de los indios?
—De los indios, no. Aunque nunca se sabe si va a aparecer un dнa otro Katenere. Mбs bien de los colombianos, que codician estos territorios.
Fidel Velarde tenнa en Occidente 530 indнgenas, la mayorнa de los cuales estaba ahora en el bosque, recogiendo caucho. Traнan lo recolectado cada quince dнas y luego volvнan a internarse en la selva otras dos semanas. Aquн se quedaban sus mujeres e hijos, en un poblado que se extendнa por las laderas del rнo, fuera de la empalizada. Velarde aсadiу que los indios ofrecerнan esa tarde a los «amigos visitantes» una fiesta.
Los llevу a la casa donde se alojarнan, una construcciуn cuadrangular montada sobre pilotes, de dos pisos, con puerta y ventanas cubiertas por enrejados para los mosquitos. En Occidente el olor a caucho que salнa de los depуsitos e impregnaba el aire era tan fuerte como el de La Chorrera. Roger se alegrу al descubrir que, aquн, dormirнa en una cama en vez de una hamaca. Un camastro, mбs bien, con un colchуn de semillas, en el que al menos podrнa mantener una postura plana. La hamaca habнa agravado sus dolores musculares y sus desvelos.
La fiesta tuvo lugar a comienzos de la tarde, en un claro vecino al poblado huitoto. Un enjambre de indнgenas habнa acarreado mesas, sillas y ollas con comida y bebidas para los forasteros. Los esperaban, formados en cнrculo, muy serios. El cielo estaba despejado y no se percibнa la menor amenaza de lluvia. Pero a Roger Casement ni el buen tiempo ni el espectбculo del Igaraparanб hendiendo la llanura de espesos bosques y zigzagueando a su alrededor consiguiу alegrarlo. Sabнa que lo que iban a presenciar serнa triste y deprimente. Tres o cuatro decenas de indios e indias —aquйllos muy viejos o niсos y йstas en general bastante jуvenes—, desnudos algunos y otros embutidos en la cushma o tъnica con que Roger habнa visto a muchos indнgenas en Iquitos, bailaron, formando una ronda, al compбs de los sonidos del manguarй, tambores hechos de troncos de бrboles excavados, a los que los huitotos, golpeбndolos con unos maderos con puntera de caucho, les arrancaban unos sonidos roncos y prolongados que, se decнa, llevaban mensajes y les permitнan comunicarse a grandes distancias. Las filas de danzantes tenнan sonajas de semillas en los tobillos y en los brazos, que repiqueteaban con los saltitos arrнtmicos que daban. A la vez canturreaban unas melodнas monуtonas, con un dejo de amar gura que congeniaba con sus semblantes serios, hoscos, miedosos o indiferentes.
Mбs tarde, Casement preguntу a sus compaсeros si habнan advertido el gran nъmero de indios que tenнan las espaldas, las nalgas y las piernas con cicatrices. Hubo un amago de discusiуn entre ellos sobre quй porcentaje de los huitotos que danzaron llevaban marcas de latigazos. Roger decнa que el ochenta por ciento, Fielgald y Folk que no mбs del sesenta por ciento. Pero todos coincidieron en que lo que mбs los habнa impresionado era un chiquillo puro hueso y pellejo con quemaduras en todo el cuerpo y parte de la cara. Pidieron a Frederick Bishop que averiguara si esas marcas se debнan a un accidente o a castigos y torturas.
Se habнan propuesto descubrir en esta estaciуn con lujo de detalles cуmo operaba el sistema de explotaciуn.
Comenzaron a la maсana siguiente, muy temprano, luego del desayuno. Apenas empezaron a visitar los depуsitos de caucho, guiados por el propio Fidel Velarde, descubrieron de manera casual que las balanzas en que se pesaba el caucho estaban trucadas. Seymour Bell tuvo la ocurrencia de subirse en una de ellas, pues, como era hipocondrнaco, creнa haber bajado de peso. Se llevу un susto. ЎPero, cуmo era posible! ЎHabнa bajado cerca de diez kilos! Sin embargo, no lo sentнa en su cuerpo, se le caerнan los pantalones y se le escurrirнan las camisas. Casement se pesу tambiйn y animу a hacerlo a sus compaсeros y a Juan Tizуn. Todos estaban varios kilos por debajo de su peso normal. Duran te el almuerzo, Roger preguntу a Tizуn si creнa que todas las balanzas de la Peruvian Amazon Company en el Putumayo estaban amaсadas como las de Occidente para hacer creer a los indios que habнan recolectado menos caucho. Tizуn, que habнa perdido toda capacidad de disimulaciуn, se limitу a encogerse de hombros: «No lo sй, seсores. Lo ъnico que sй es que aquн todo es posible».