A diferencia de La Chorrera, donde lo habнan escondido en un almacйn, en Occidente el cepo estaba en el centro mismo del descampado alrededor del cual se hallaban las viviendas y depуsitos. Roger pidiу a los ayu dantes de Fidel Velarde que lo metieran dentro de ese aparato de tortura. Querнa saber quй se sentнa en esa jau la estrecha. Rodrнguez y Acosta dudaron, pero como Juan Tizуn lo autorizу, indicaron a Casement que se encogiera y, empujбndolo con sus manos, lo acuсaron dentro del cepo. Fue imposible cerrarle las maderas que sujetaban piernas y brazos, porque tenнa las extremidades demasiado gruesas, de manera que se limitaron a juntarlas. Pero pudieron abrocharle las agarraderas del cuello, que, sin ahogarlo del todo, le impedнan casi respirar. Sentнa un dolor vivнsimo en el cuerpo y le pareciу imposible que un ser humano resistiera horas esa postura y esa presiуn en espalda, estуmago, pecho, piernas, cuello y brazos. Cuando saliу, antes de recuperar el movimiento, tuvo que apoyarse un buen rato en el hombro de Louis Barnes.
—їPor quй tipo de faltas meten a los indios al cepo? —preguntу en la noche al jefe de Occidente.
Fidel Velarde era un mestizo algo rollizo, con un gran bigote de foca y unos ojos grandes y saltones. Llevaba un sombrero alуn, botas altas y un cinturуn lleno de balas.
—Cuando cometen faltas gravнsimas —explicу, remoloneando en cada frase—. Cuando matan a sus hijos, desfiguran a sus mujeres en una borrachera o cometen robos y no quieren confesar dуnde han escondido lo que se robaron. No usamos el cepo muy seguido. Sуlo rara vez. Los indios de aquн se portan bien, en general.
Lo decнa con un tonito entre risueсo y burlуn, mirando de uno en uno a los comisionados con una mi rada fija y despectiva, que parecнa estar diciйndoles «Me veo obligado a decir estas cosas pero, por favor, no me las crean». Su actitud mostraba tal suficiencia y desprecio sobre el resto de los seres humanos que Roger Casement trataba de imaginar el miedo paralizante que debнa inspirar el matonesco personaje a los indнgenas, con su pistola al cinto, su carabina al hombro y su cinturуn lleno de balas. Poco despuйs, uno de los cinco barbadenses de Occidente testificу ante la Comisiуn que йl habнa visto, una noche de borrachera, a Fidel Velarde y a Alfredo Montt, entonces jefe de la estaciуn Ultimo Retiro, apostar quiйn cortaba mбs rбpido y limpiamente la oreja de un huitoto castigado en el cepo. Velarde consiguiу desorejar al indнgena de un solo tajo de su machete, pero Montt, que es taba ebrio perdido y le temblaban las manos, en vez de sacarle la otra oreja le descerrajу el machetazo en pleno crбneo. Al terminar esta sesiуn, Seymour Bell tuvo una crisis. Confesу a sus compaсeros que no podнa mбs. Le faltaba la voz y tenнa los ojos llorosos e inyectados. Ya habнan visto y oнdo bastante para saber que aquн reinaba la barbarie mбs atroz. No tenнa sentido seguir investigando en este mundo de inhumanidad y crueldades psicуpatas. Propuso que pusieran fin al viaje y retomaran a Inglaterra de inmediato.
Roger repuso que no se opondrнa a que los demбs partieran. Pero йl permanecerнa en el Putumayo, de acuerdo al plan previsto, visitando algunas estaciones mбs. Querнa que su informe fuera prolijo y documentado, para que tuviera mбs efecto. Les recordу que todos estos crнmenes los cometнa una compaснa britбnica, en cuyo Directorio figuraban respetabilнsimas personalidades inglesas, y que los accionistas de la Peruvian Amazon Company estaban llenбndose los bolsillos con lo que aquн ocurrнa. Habнa que poner fin a ese escбndalo y sancionar a los culpables. Para conseguirlo, su informe debнa ser exhaustivo y contundente. Sus razones convencieron a los demбs, incluido el desmoralizado Seymour Bell.
Para sacudirse la impresiуn que les habнa dejado a todos aquella apuesta de Fidel Velarde y Alfredo Montt, decidieron tomarse un dнa de descanso. A la maсana siguiente, en vez de proseguir con las entrevistas y averiguaciones, fueron a baсarse en el rнo. Pasaron muchas horas cazando mariposas con una red mientras el botбnico Walter Folk exploraba el bosque en busca de orquнdeas. Mariposas y orquнdeas abundaban en la zona tanto como los mosquitos y los murciйlagos que venнan en las noches, en sus vuelos silentes, a morder a los perros, gallinas y caballos de la estaciуn, contagiбndoles a veces la rabia, lo que obligaba a matarlos y quemarlos para evitar una epidemia.
Casement y sus compaсeros quedaron maravilla dos por la variedad, tamaсo y belleza de las mariposas que revoloteaban por las cercanнas del rнo. Las habнa de todas las formas y colores y sus aleteos grбciles y las manchas de luz que despedнan cuando se posaban en alguna hoja o planta parecнan encandilar el aire con notas de delicadeza, un desagravio contra esa fealdad moral que descubrнan a cada paso, como si no hubiera fondo en esta tierra desgraciada para la maldad, la codicia y el dolor.