Walter Folk quedу sorprendido con la cantidad de orquнdeas que colgaban de los grandes бrboles, con sus elegantes y exquisitos colores, iluminando su contorno. No las cortaba ni permitiу que sus compaсeros lo hicieran. Pasaba mucho rato contemplбndolas con un lente de aumento, tomando notas y fotografiбndolas.

En Occidente Roger Casement llegу a tener una idea bastante completa del sistema que hacнa funcionar la Peruvian Amazon Company. Tal vez en sus comienzos hubo algъn tipo de acuerdo entre los caucheros y las tribus. Pero aquello era ya historia pues, ahora, los indнgenas no querнan ir a la selva a recoger caucho. Por eso, todo comenzaba con las «correrнas» perpetradas por los jefes y sus «mu chachos». No se pagaba salario ni los indнgenas veнan un solo centavo. Recibнan del almacйn los instrumentos de la recolecciуn —cuchillos para las incisiones en los бrboles, latas para el lбtex, canastas para acumular las pencas o bolas de caucho—, ademбs de objetos domйsticos como semillas, ropa, lбmparas y algunos alimentos. Los precios eran determinados por la Compaснa, de manera que el indнgena siempre estuviera en deuda y trabajara el resto de su vida para amortizar lo que debнa. Como los jefes no tenнan sueldos sino comisiones por el caucho que reunнan en cada estaciуn, sus exigencias para obtener el mбximo de lбtex eran impla cables. Cada recogedor se internaba en la selva quince dнas, dejando a su mujer y sus hijos en calidad de rehenes. Los jefes y «racionales» disponнan de ellos a discreciуn, para el servicio domйstico o para sus apetitos sexuales. Todos tenнan verdaderos serrallos —muchas niсas que no habнan llega do a la pubertad— que intercambiaban a su capricho, aun que a veces, por celos, habнa arreglos de cuentas a balazos y puсaladas. Cada quince dнas los recogedores volvнan a la estaciуn a traer el caucho. Este era pesado en las balanzas trucadas. Si al cabo de tres meses no completaban los treinta kilos recibнan castigos que iban desde latigazos al cepo, corte de orejas y narices, o, en los casos extremos, la tortura y el asesinato de la mujer e hijos y del mismo recogedor. Los cadбveres no eran enterrados sino arrastrados al bosque para que se los comieran los animales. Cada tres meses las lanchas y vapores de la Compaснa venнan en busca del caucho que, entretanto, habнa sido ahumado, lavado y talqueado. Los barcos llevaban algunas veces su carga del Putuma yo a Iquitos y otras directamente a Manaos para ser exportada de allн a Europa y los Estados Unidos.

Roger Casement comprobу que gran nъmero de «racionales» no hacнan el menor trabajo productivo. Eran meros carceleros, torturadores y explotadores de los indнgenas. Estaban todo el dнa tumbados, fumando, bebiendo, divirtiйndose, pateando una pelota, contбndose chistes o dando уrdenes. Sobre los indнgenas recaнa todo el traba jo: construir viviendas, reponer los techos averiados por las lluvias, reparar el sendero que bajaba al embarcadero, lavar, limpiar, cargar, cocinar, llevar y traer cosas, y, en el poco tiempo libre que les quedaba, trabajar sus sembrнos sin los cuales no hubieran tenido quй comer.

Roger comprendнa el estado de бnimo de sus compaсeros. Si a йl, que, despuйs de veinte aсos en Бfrica, creнa haberlo visto todo, lo que aquн ocurrнa lo tenнa alterado, con los nervios rotos, viviendo momentos de total abatimiento, cуmo serнa para quienes habнan pasado la mayor parte de su vida en un mundo civilizado, creyendo que asн era el resto de la Tierra, sociedades con leyes, iglesias, policнas y costumbres y una moral que impedнa que los seres humanos actuaran como bestias.

Roger querнa continuar en el Putumayo para que su informe fuera lo mбs completo posible, pero no era sуlo eso. Otra razуn era la curiosidad que sentнa por conocer a ese personaje que, segъn todos los testimonios, era el paradigma de la crueldad de este mundo: Armando Normand, el jefe de Matanzas.

Desde Iquitos oнa anйcdotas, comentarios y alusiones a este nombre siempre asociado a tales maldades e ignominias que habнa ido obsesionбndose con йl, al extremo de tener pesadillas de las que despertaba baсado en sudor y el corazуn acelerado. Estaba seguro de que muchas cosas que habнa oнdo a los barbadenses sobre Normand eran exageraciones atizadas por la imaginaciуn calenturienta tan frecuente en las gentes de estas tierras. Pero, aun asн, que este sujeto hubiera podido generar semejante mitologнa indicaba que se trataba de un ser que, aunque pareciera imposible, superaba todavнa en salvajismo a facinerosos como Abelardo Agьero, Alfredo Montt, Fidel Velarde, Elias Martinengui y otros de su especie.

Nadie sabнa con certeza su nacionalidad —se decнa que era peruano, boliviano o inglйs— pero todos coincidнan en que no llegaba a los treinta aсos y que habнa estudia do en Inglaterra. Juan Tizуn habнa oнdo decir que tenнa un tнtulo de contador de un instituto en Londres.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги