Al parecer era bajito, delgado y muy feo. Segъn el barbadense Joshua Dyall, de su personita insignificante irradiaba una «fuerza maligna» que hacнa temblar a quien se le acercaba y su mirada, penetrante y glacial, parecнa de vнbora. Dyall aseguraba que no sуlo los indios, tambiйn los «muchachos» y hasta los mismos capataces se sentнan inseguros a su lado. Porque en cualquier momento Arman do Normand podнa ordenar o ejecutar йl mismo una ferocidad escalofriante sin que se le alterara la indiferencia desdeсosa hacia todo lo que lo rodeaba. Dyall confesу a Roger y a la Comisiуn que, en la estaciуn de Matanzas, Normand le ordenу un dнa asesinar a cinco andoques, castigados por no haber cumplido con las cuotas de caucho. Dyall matу a los dos primeros a balazos, pero el jefe ordenу que, a los dos siguientes, les aplastara primero los testнculos con una piedra de amasar yuca y los rematara a garrotazos. Al ъltimo, hizo que lo estrangulara con sus manos. Durante toda la operaciуn estuvo sentado en un tronco de бrbol, fumando y observando, sin que se alterara la expresiуn indolente de su carita rubicunda.
Otro barbadense, Seaford Greenwich, que habнa trabajado unos meses con Armando Normand en Matanzas, contу que la comidilla entre los «racionales» de la estaciуn era la costumbre del jefe de meterles ajн molido o en ciscara en el sexo a sus muchachitas concubinas para oнrlas chillar con el ardor. Segъn Greenwich sуlo asн se excitaba y podнa tirбrselas. En una йpoca, aсadнa el barbadense, Normand, en vez de meter en el cepo a los castigados, los elevaba con una cadena amarrada a un бrbol alto y los soltaba para ver cуmo al aplastarse contra el suelo se rompнan cabeza y huesos o se cortaban la lengua contra los dientes. Otro capataz que habнa servido a уrdenes de Normand asegurу a la Comisiуn que mбs miedo que a йste los indios andoques le tenнan a su perro, un mastнn al que habнa adiestrado para que hundiera sus fauces y desgarrara las carnes del indio contra el que lo aventaba.
їPodнan ser verdad todas esas monstruosidades? Roger Casement se decнa, revisando su memoria, que, entre la vasta colecciуn de malvados que habнa conocido en el Congo, seres a los que el poder y la impunidad habнan vuelto monstruos, ninguno llegaba a los extremos de este individuo. Tenнa una curiosidad algo perversa por conocerlo, oнrlo hablar, verlo actuar y averiguar de dуnde salнa.
Y quй podнa decir de las fechorнas que se le imputaban.
De Occidente, Roger Casement y sus amigos se trasladaron, siempre en la lancha Veloz, a la estaciуn Ultimo Retiro. Era mбs pequeсa que las anteriores y tambiйn tenнa el aspecto de una fortaleza, con su empalizada y guardias armados alrededor del puсadito de viviendas. Los indios le parecieron mбs primitivos y huraсos que los huitotos. Andaban semidesnudos, con taparrabos que apenas les cubrнan el sexo. Aquн divisу Roger por primera vez a dos nativos con las marcas de la Compaснa en las nalgas: CA. Parecнan mбs viejos que la mayorнa de los otros. Tratу de hablar con ellos pero no entendнan espaсol ni portuguйs, ni el huitoto de Frederick Bishop. Mбs tarde, recorriendo Ultimo Retiro, descubrieron otros indios marcados. Por un empleado de la estaciуn supieron que al menos un tercio de los indнgenas avecindados aquн llevaban la marca CA en el cuerpo. La prбctica se habнa suspendido hacнa algunas semanas, cuando la Peruvian Amazon Company aceptу la venida de la Comisiуn al Putumayo.
Para llegar desde el rнo a Ultimo Retiro habнa que trepar una cuesta enfangada por la lluvia donde las piernas se hundнan hasta las rodillas. Cuando Roger pudo quitarse los zapatos y tenderse en su camastro le dolнan todos los huesos. Le habнa vuelto la conjuntivitis. El ardor y lagrimeo de un ojo eran tan grandes que, despuйs de echarse el colirio, se lo vendу. Asн estuvo varios dнas, de pirata, con un ojo vendado y protegido por un paсo hъmedo. Como estas precauciones no bastaron para poner fin a la inflamaciуn y el lagrimeo, a partir de entonces y hasta el final de su viaje, todos los momentos del dнa en que no estaba trabajando —eran pocos— corrнa a tenderse en su hamaca o camastro y permanecнa con los dos ojos vendados con paсos de agua tibia. Asн se atenuaban las molestias. Durante estos perнodos de descanso y en las noches —dormнa apenas cuatro o cinco horas— trataba de organizar mentalmente el informe que escribirнa para el Foreign Office. Los lineamientos generales eran claros. Primero, un cuadro de las condiciones del Putumayo cuando los pioneros vinieron a instalarse, invadiendo las tierras de las tribus, hacнa unos veinte aсos. Y cуmo, desesperados por la falta de brazos, iniciaron las «correrнas», sin temor de ser sancionados porque en estos lugares no habнa jueces ni policнas. Ellos eran la ъnica autoridad, sustentada en sus armas de fuego, contra las cuales hondas, lanzas y cerbatanas resultaban fъtiles.